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martes, 23 de junio de 2009

Los docentes frente al pluralismo



Viviana Taylor



El pluralismo se caracteriza por el reconocimiento de las diferencias entre las personas (de creencias, de formas de vida, de intereses, de modos de manifestarse, de cultura…) a las que, además, considera como valiosas. Significa aceptar y defender la posición de que la comunidad se enriquece con los aportes diferentes, y que lo que la define y caracteriza como una comunidad original, única e irrepetible es la pluralidad de los aportes que en ella se conjugan.
El pluralismo es, por lo esto, la única vía que crea una condición de posibilidad para la verdadera convivencia. Las otras actitudes son descalificatorias, exclusoras, y terminan llevando a la desafiliación social: cuando una sociedad –y sus instituciones- deja de acoger a la gente, deja de reconocerla como sujetos de derecho, se instaura la violencia.

Miremos hacia el interior de una de estas instituciones. En la escuela, uno de los obstáculos más fuertes para la asunción de esta postura pluralista, radica en el hecho de que los docentes vamos construyendo ciertos modelos –a modo de representaciones mentales- de alumno, capaces de tener una fuerte de incidencia sobre la determinación de nuestras propias conductas y estilos educativos. Se trata de unos modelos de alumno que determinan nuestras prácticas de enseñanza, y su papel es tanto más disruptivo cuanto menos consciente.
Estos modelos se hallan especialmente influidos por la imagen que los docentes solemos tener sobre nosotros mismos como alumnos, idealizada por la natural selectividad de los recuerdos y por la influencia de los modelos apropiados durante las instancias de nuestra formación profesional. Ante la realidad concreta de los alumnos (más rica y compleja, siempre diferente a la estereotipada del modelo de caso único) pueden producirse tres actitudes que se oponen a la pluralista.

Los casos en que la actitud es la negación de las diferencias se suelen observar cuando la rigidez del modelo de alumnidad previo no permite la flexibilidad suficiente como para aceptar las diferencias que se manifiestan en los casos particulares de la realidad. Es el caso de los docentes que planifican sus intervenciones en atención a un alumno idealizado, inexistente, tanto en la consideración de sus posibilidades y capacidades como de sus intereses. Ante la inevitable irrupción de las diferencias con respecto a este alumno ideal, las mismas son significadas como una desviación, un accidente, algo a ser disciplinado, encauzado, normalizado. Estos docentes no suelen mostrarse receptivos ni a las características personales en general –ni a las del aprendizaje en particular- de sus alumnos, y por ello sus intervenciones en general no prevén acciones de ayuda ajustada a sus características particulares ni en tanto personas ni en tanto aprendices. Por ello los fracasos en el logro de los objetivos de aprendizaje son interpretados o bien como falta de capacidad o bien como falta de esfuerzo por parte de sus alumnos.

Cuando lo que se produce es una negación de las similitudes, por lo general se trata de los casos en que la fuerza de la realidad se impone con tal rigor en su singularidad, que aquel modelo de alumnidad resulta insuficiente para comprenderla. La mirada se centra predominantemente en estas diferencias y se ignoran las similitudes que permiten encontrar ciertos rasgos comunes entre estos alumnos y el alumno idealizado, estableciéndose una distancia en la alteridad que imposibilita el acercamiento, así como una sensación creciente de impotencia, que tiende a fortalecer las decisiones en torno del orden, la vigilancia y el sostenimiento de la disciplina. Respecto de las posibilidades de aprender, también se tiende a absolutizar estas diferencias, de tal modo que aquellos que no alcanzan los objetivos de aprendizaje con la propuesta pedagógica común, son considerados prácticamente incapaces de alcanzarlos –o al menos con el mismo grado de apropiación-. La solución pedagógica más probada es la de cambiar los criterios de aprobación, antes que la de intentar diferentes estrategias para el logro de los mismos objetivos. Y su consecuencia, la diferenciación en las oportunidades de aprendizaje de estos alumnos.

Frente a la sensación de encontrarse ante un otro totalmente otro, algunos docentes encarnan una actitud de tolerancia de las diferencias, por la cual les reconocen el derecho a ser diferentes, a la par que cuestionan la legitimidad de toda intervención pedagógica sobre las posibilidades, capacidades o la actuación de estos alumnos. Lejos de tratarse de un verdadero reconocimiento de la singularidad y la originalidad de las personas (ya que es el otro a quien se reconoce como diferente en virtud de su distancia del patrón de comparación encarnado por uno mismo) más bien, se trata de un acuerdo implícito de admisión del derecho del otro a ser otro. Y en el cuestionamiento más explícito de la legitimidad de la intervención pedagógica, se esconde la más implícita creencia en la ineducabilidad de ciertas persones o sectores de la sociedad. Bajo el aparente establecimiento de un marco para la convivencia, las estrategias se orientan primordialmente a compartir pacíficamente el territorio áulico y escolar. Lo que en otros docentes despierta impotencia o disciplinamiento, en estos se transforma en abulia o resignación.

Sólo recién cuando nos encontramos dispuestos a tolerar la frustración (que por un lado es resultante de tener que hacer esfuerzos para sólo obtener satisfacción diferida, y por el otro es consecuencia de la incertidumbre por la falta de respuestas definitivas ante qué hacer) es cuando están dadas las condiciones para comenzar a utilizar estos modelos de interpretación de un modo más flexible, de forma que nos provean los marcos a partir de los cuales acercarnos a la realidad para comprenderla.
En este proceso, los docentes podemos comenzar a asumir modelos referenciales más heterogéneos, y aplicarlos flexible y articuladamente para captar la singularidad de cada alumno en particular y del grupo de clase en general. Y así poder comenzar a identificarlos más fácilmente y progresivamente valernos de ellos de un modo crítico.
Este modelo racional, en cuya construcción deberían colaborar la formación inicial y la socialización profesional de los docentes a fin de proveer a la formación de su pericia profesional, parte del supuesto de que, por diferentes que sean y por mayores que puedan ser las desigualdades que los separan (tanto en sus condiciones de existencia como en sus posibilidades de éxito) los alumnos tienen al menos en común el realizar la identificación con algo que define la esencia histórica del ser alumno. Y el esfuerzo por comprender algunas de las actitudes profundas de los alumnos a partir de la comparación con esa forma genérica de su situación se justifica aún cuando no sea más que desigualmente cumplida. Justamente la fecundidad de este modelo radica en la facilitación para advertir este desigual cumplimiento, que proveerá un invalorable marco de referencia para la intervención pedagógica.

Juventud y desocupación


Viviana Taylor




Para la mayoría de las personas es difícil conseguir empleo. Para los jóvenes en particular se ha convertido en una tarea que desde el comienzo se siente como imposible. Pero, para entender la gravedad de las consecuencias de esta imposibilidad, es necesario que abandonemos ciertas percepciones ingenuas.
Si consideramos que el problema del desempleo es general, seguramente pensaremos que es mejor que no tenga trabajo un joven a que no lo tenga un padre de familia. Y que, de ser así, es más probable que al joven no le falte aunque más no sea un plato de comida en la mesa.
Pero no debemos olvidar que por el trabajo no sólo nos proveemos el alimento, la vestimenta y la vivienda que necesitamos, sino que también debe proveernos los medios para nuestra acción, creación y recreación, y el acceso a los bienes culturales. El trabajo posibilita el hacer proyectos y el ganar autonomía. Es un derecho porque responde a una necesidad.

Hoy resulta que son muchos los jóvenes que carecen de trabajo -y, por lo tanto, de dinero y de futuro- a la vez que no se le proponen otras verdaderas opciones legales. Bueno -pueden decir algunos- sacarlos del mercado laboral puede ser una buena oportunidad para que permanezcan en el sistema educativo y logren así mejores posibilidades futuras. Sin embargo, el grupo de los adolescentes y jóvenes en busca de empleo está formado en su gran mayoría por quienes no han podido sostener –o no pueden continuar haciéndolo- el costo económico de su escolarización. Todos sabemos que la gratuidad de la escuela es una falacia. Y así, acarrean consigo una doble desocupación: el desempleo y la desescolarización.

Más compleja resulta la situación cuando tomamos conciencia de que los valores que se les inculca oficialmente a los jóvenes son únicamente de dos tipos: los de la moral cívica, vinculada con el trabajo y que por lo tanto no pueden aplicar, y los del consumo, a los que no tienen acceso.
Este es el juego perverso al que los sometemos: el de exigirles lo mismo que no les permitimos.

Más aún: en la actualidad, un desempleado no sufre una situación transitoria, ocasional, restringida a cierto sector. El desempleo no es producto de una crisis que hay que esperar que pase, sino que es señal de la supresión a gran escala de los puestos de trabajo tal como hoy los concebimos.
El sistema de trabajo que conocemos llevó a la explotación del hombre por el hombre, a la confusión entre el valor de una persona con su utilidad, y la reducción de este concepto al de rentabilidad: valgo tanto cuanto produzco. Pero este nuevo sistema, aún montado en la idea de valor humano como rentabilidad, está llevándonos a un modelo centrado en la exclusión: si valgo tanto cuanto produzco y no produzco... lo que puede terminar arrastrándonos a formas de explotación que aún no imaginamos, fundadas en el no-valor de los “inútiles”. Son síntomas de este nuevo sistema la reducción a servidumbre de muchos trabajadores, especialmente indocumentados, como en los talleres de costura bajo el sistema de cama caliente, en los que se trabaja por un lugar para dormir y la comida; en los locales nocturnos donde jóvenes –no pocas menores de edad- son obligadas a prostituirse bajo un régimen de encierro; en los puestos de trabajo que, por escasos, se permiten especular con sueldos de hambre; en la muerte de jóvenes víctimas de la violencia que según el sector social al que pertenezcan puede desencadenar o bien protestas multitudinarias o indiferencia...

Para muchos de estos jóvenes, el mundo adulto de referencia también se halla fracturado en su autonomía y su independencia. Se trata de un mundo cada vez más extendido, en el que los jóvenes trabajadores son hijos de padres trabajadores que nunca tuvieron un empleo estable. O sea, un mundo donde se ha perdido la continuidad de la idea de que lo normal en una persona es trabajar todos los días.
Así, la negación y la exclusión se han sumado a la tradicional desconfianza que los adultos han sentido siempre frente a los jóvenes: ellos saben bien cuán peligroso es sentarse en grupo en una esquina a comer pizza y tomar cerveza, aunque sean seis los que comparten una única botella, o aún cuando hayan preferido una bebida gaseosa. Ni hablemos de ir a un recital de los Redonditos y acampar durante la noche anterior en las inmediaciones del lugar de encuentro. O, incluso, de ir a bailar al boliche de moda.


Hoy, la mayoría de los jóvenes se siente mirando a un futuro sin futuro. Y, cuando la nada es lo que sienten que tienen por delante, ningún sacrificio o esfuerzo se puede sostener.
El deseo, los proyectos, son –como siempre lo han sido- el motor que nos pone en marcha. Sin deseo ni proyecto, sólo queda lugar para la apatía, que expresan con gestos de cansancio, de desgano, de desinterés, de agobio. Y la característica más preocupante es la falta de vitalidad en la comunicación. Sólo son vitales cuando se enojan, o cuando dan lugar a la manifestación violenta de su frustración.
Incluso en esta actitud más soberbia o desafiante, o violenta, sufren de apatía[1].


[1] El 78% no quiere saber nada con la política (Demoskopia); el 56% no tiene interés por la lectura, al punto que ni siquiera hojea el diario (Catterberg y asociados); 86% de los alumnos del secundario, dejaría el colegio si pudiera, y el 68% se aburre en las aulas (UBA).

Los Jóvenes y el paco - La droga política




Eduardo "Tato" Pavlovsky




La complejidad y el entramado del fenómeno de la droga muchas veces hace que enfoquemos el problema sobre la víctima de esa mortífera arma que logra transformar a un gran sector de la juventud latinoamericana en fenómenos no "humanos". El joven como "vida desperdiciada" y víctima de una poderosa red de traficantes que siempre parece imposible de localizar y de combatir. Siempre están para ofrecerla.

El paco es moneda corriente en la gran población empobrecida.

Es así como nosotros vemos a diario chicos transformados en "cosas" deambulando por las calles de Buenos Aires y robando para conseguir el paco que se convierte, por el efecto rápido de su ingestión, en algo que les permite una felicidad momentánea pero real. Después vienen los nuevos robos o asesinatos para la nueva ingestión y el círculo se completa y pronto el deterioro de su ya pobre personalidad, transformándolos en muertos o en jóvenes que ya aparecen dañados para toda la vida.

Sus madres se "reagrupan" para ser ayudadas ante la impotencia de ver a sus hijos jóvenes destruidos para siempre y pidiendo la ayuda elemental para sacarlos del "circuito de la muerte".

No hay duda y sería penoso ignorar que muchas organizaciones luchan día a día contra la droga. ¿Quién puede estar a favor de la droga?

Pero tampoco olvidemos que el fenómeno del paco se asienta sobre una enorme juventud carente de proyectos y de futuro -porque la mayoría no estudia ni trabaja-, de hogares pobres e indigentes donde la vida es un infierno en sí misma.

El otro día tuve que ver a un ex paciente en San Francisco Solano. Llegué a las diez de la mañana. En la esquina había no menos de veinte jóvenes agrupados en una especie de ronda. No tenían una actitud belicosa. Pero por si acaso pasé por la vereda de enfrente y sin mirarlos. Eran chicos entre 12 y 18 años.

Cuando salí de la casa de mi amigo, a la tarde, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Yo por las dudas me volví a cruzar.

Ni colegio, ni trabajo, ni proyecto, ni futuro, ni ambiciones, ni sueños de una vida diferente. Parecían resignados a que la vida que les había tocado era eso. Ese "aquí y ahora" permanente que los hace tan aptos para el consumo. ¿Por qué no habrían de consumir? Si esa sensación de euforia, por más corta que fuera, la podrían repetir varias veces al día.

Otra manera de intentar observar el fenómeno de la droga es su lado político.

Es el arma más fuerte que las multinacionales y sus socios locales tienen para arruinar a una juventud que podría alimentarse, estudiar e informarse y tal vez militar políticamente.

Las consecuencias del daño del paco no son sólo el deterioro rápido de una juventud perdida para siempre y su daño físico.

Tendría que existir un gran cambio cultural para poder modificar algo. Pero digamos francamente que los gobiernos son impotentes para tales cambios.

Las organizaciones del narcotráfico son fuertemente desgrupalizantes y asocializantes e intentan desagrupar y desocializar todo atisbo de organización juvenil. Los narcotizan, los vuelven "cosa", que es lo opuesto al joven pobre con atisbos de organizaciones políticas y sociales.

Son "grupos de la muerte" por oposición a todo grupo cultural (político, plástico, cine, teatro) donde el grupo puede "jugar" con sus proyectos e ilusiones. Se puede soñar. Los jóvenes del paco primero tienen que aprender a jugar y a tener ilusiones. Siendo la pobreza, la indigencia, las diferencias sociales cada vez más amplias, resulta difícil imaginar que estos jóvenes de Solano puedan empezar a soñar. Los narcotraficantes saben dónde están y siempre los saben encontrar. Allí la droga es un arma política fundamental. Allí y en todos los lugares donde los jóvenes no puedan proyectar un futuro de sueños e ilusiones.

Adolescencia y adicción



Viviana Taylor



La Organización Panamericana de la Salud asegura que el 34% de las mujeres y el 46,8% de los hombres argentinos fuman y el 90% de ellos se inicia entre los 10 y los 15 años. Esos números, por un lado, ubican a la Argentina como el país de América Latina con mayor porcentaje de fumadores, con un promedio de 17 cigarrillos por día; y por otro permiten entender que las mayores presiones de los avisos se dirigen a jóvenes de 10 a 18 años porque así pueden reclutar a clientes para toda la vida.
Por su parte, la Comisión de Tabaco o Salud, dependiente de la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y de la Facultad de Medicina de la UBA, asegura que fuman el 4,6% de los alumnos del último año de la escuela primaria, un año después el 22%, y al finalizar el secundario el 42%.
Si consideramos que a otros efectos dañinos más conocidos (como el que produce cáncer, es el principal factor de riesgo de enfermedades cardiovasculares, destruye progresivamente los pulmones, y desencadena envejecimiento prematuro de la piel, sólo por mencionar algunos) hay que agregarle que el fumador vive en promedio 10 años menos, vemos que la extensión del tabaquismo no constituye un problema menor.

Conseguir drogas en la Capital y el Conurbano también es tarea fácil. Las drogas sintéticas, como el éxtasis, han invadido las discotecas y la situación es más grave en los barrios pobres de la Capital y las villas del conurbano, donde está cada vez más difundido el consumo del residuo de las pasta base de cocaína, una droga muy barata a la que llaman paco. Es lo último que queda en el fondo del tacho, y destroza el sistema nervioso central.
Las plazas y los parques son los puntos de venta más comunes, y los horarios más habituales las 2 ó 3 de la tarde y el anochecer.
Lo que no es tan sencillo es saber cuánta droga hay en circulación, aunque los niveles de consumo podrían dar la pauta.
El último relevamiento nacional, que se hizo en el año 1999, advertía que el 2,9% de la población de entre 16 y 64 años y el 3% de los chicos de entre 12 y 15 tuvieron algún contacto con las drogas. La crisis que explotó a fines del 2001 y la extensión de la red ilegal de venta de drogas anuncian ahora el desborde de esos resultados. Según estos datos, desde los 80 hasta ahora el tráfico y consumo de cocaína se cuadruplicaron, y la extensión del consumo del paco permite inferir que la Argentina ha dejado de ser un país de tránsito, para comenzar a consolidarse como productor.
El consumo indebido de drogas trepó a niveles que ya permiten considerarlo una epidemia social, y está todavía en un pico ascendente.
Según una encuesta realizada en 2003 por la consultora D’Alessio IROL entre 443 padres y 432 jóvenes, el 66% de los chicos afirma que sus amigos tuvieron o tienen algún contacto con la droga, el 24% dice haber intentado sacar a un amigo de la adicción y sólo el 10% cree haberlo logrado.
En la hipótesis de estar en una fiesta y darse cuenta de que alguien se está drogando, el 57% no le prestaría atención porque “cada uno hace lo que quiere”. Y el 15% admitió haber sufrido presiones del entorno para drogarse

Una investigación de Clarín[1], basada en fuentes vinculadas a la atención de adictos, médicos forenses, informes privados y entrevistas a funcionarios, muestra otras elocuentes señales de alarma:
· Entre 1995 y 2003, según un estudio financiado por la OEA, se duplicó la atención de emergencias derivadas de accidentes vinculados al consumo de alcohol y drogas.
· La demanda de ayuda al Programa de Asistencia e Investigación de las Adicciones del Consejo Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia aumentó un 20% sólo en el año 2003 con respecto a 2002. Las consultas llegaron a 1700.
· En los centros y hospitales públicos de la provincia de Buenos Aires las estadísticas acompañan la observación del punto anterior: se duplicó la cantidad de personas atendidas entre el año 2002 y 2003: de 15.000 a 30.000.
· La demanda general de atención en el Cenareso, un hospital público especializado en adictos, aumentó 50% en los últimos dos años. La cifra de pacientes mujeres creció 300%.
· Desde el 2001, la Dirección de Prevención Social de las Toxicomanías de la Policía Federal tuvo un 30% más de pedidos para brindar charlas y talleres orientativos en colegios e instituciones.
· En el primer cuatrimestre de 2004, las consultas por tratamientos de recuperación en la fundación Manantiales crecieron casi 50%.
· En 1986, la organización Narcóticos Anónimos comenzó a trabajar en Capital Federal con cuatro grupos de adictos. Hoy son 108 en todo el país.
· En los últimos 10 años creció de 30 a 300 la cantidad de cadáveres en los que se encuentran sustancias tóxicas, durante las 3.000 autopsias anuales que se practican en la Morgue Judicial de la Corte Suprema.
· En el Centro Nacional de Intoxicaciones, que funciona en el Hospital Posadas, las consultas por uso indebido de drogas escalaron de 50 en 1987 a 2.600 en 2003.
· La venta de cerveza creció de los 240 millones de litros en 1980 a los 1.300 millones en 2003, un salto del 400%. Y desde entonces ha seguido aumentando. El Sedronar considera que el consumo del alcohol es la vía más habitual de ingreso a las drogas ilegales.
· Desde 1998, el consumo de drogas en escuelas del área metropolitana creció del 7% al 11%, según una encuesta del Instituto Superior de Ciencias de la Educación, respondida por 14.900 alumnos y auspiciada por el Gobierno porteño. Un sondeo oficial en el sistema educativo habla de la extensión del problema al interior del país. En Posadas, San Salvador de Jujuy o Ushuaia da lo mismo: los chicos empiezan a tomar alcohol a los 12 años, se desmadran a los 14 y tienen su primera borrachera antes de los 15. Hace 30 años eso sucedía a los 25.
· Las acciones del Estado están limitadas: el presupuesto anual del Sedronar es similar al de antes del 2001, cuando no había estallado la economía y un peso valía un dólar. Pablo Rossi, autor del libro “Las drogas y los adolescentes”, estima que esa suma “equivale a lo que los narcotraficantes producen en la Argentina en un solo día”.
· En la Provincia de Buenos Aires, hay entre 300.000 y 500.000 personas que consumen drogas ilegales, según datos oficiales.

Los especialistas subrayan que la droga se instala preferentemente en los huecos sociales. En esta Argentina en la que 1.300.000 jóvenes no estudian ni trabajan, son muchos los se inician en la droga cada vez a menor edad.
En las villas, el tráfico de drogas contribuye al rompimiento del equilibrio social, porque muchos jóvenes visualizan el negocio como la única salida para acceder a un buen nivel de vida. Son entonces reclutados fácilmente por las bandas, y muchos de ellos se transforman en trafiadictos, entrando en el negocio para poder sostener económicamente su propia adicción.
A los ya conocidos efectos sobre la salud y sus consecuencias sobre el rompimiento del equilibrio social, habría que agregar que un alto porcentaje de los menores de 20 años que cometen delitos lo hacen bajo el efecto de las drogas y eso acrecienta la violencia.
Sin embargo, no son exclusivamente las villas las zonas castigadas. Detrás de cualquier puerta, en el más caro barrio de la Capital, puede haber una cocina, o un centro de distribución y acopio de drogas. El panorama es muy variado. Los boliches también son un punto de atención.
Según la Fundación Manantiales, los adolescentes provenientes de los sectores medios prueban la droga porque está instalado que el que se droga es más piola y los chicos son vulnerables a la opinión de sus pares. Pero no todos los adolescentes que prueban una droga terminan adictos a ella. Contra lo que se piensa, los adictos no son personas carentes de afecto sino de límites: fueron demasiado consentidos. “El principal reclamo de los pibes que viene a pedir ayuda a nuestra fundación –sostienen- es ¿por qué me creíste? ¿por qué no me dijiste que no?.”

Hay otra clave para entender por qué los adolescentes son terreno fértil para cosechar drogadependientes: es la que indica que todo adicto es un adolescente mental. Como cualquier pibe, no tolera la frustración ni que le digan que no, está manejado por el principio del placer en lugar del principio de espera (quiere satisfacción inmediata antes que trabajar y esperar un beneficio mayor) y tiene un pensamiento mágico omnipotente: se siente inmortal. Por eso la cura de una adicción implica de hecho una salida de la adolescencia.

¿Hay un perfil de los chicos en riesgo?
Si bien no es posible dar un perfil exacto, los especialistas acuerdan en que están más expuestos al peligro los jóvenes con alto grado de impulsividad, baja tolerancia a las frustraciones, falta de atención, hiperactividad y vida social fuerte con su grupo de pares pero limitada con su familia y el resto del entorno.
Para que se instale el problema, tienen que confluir varios factores: un momento de vulnerabilidad, la dificultad del grupo familiar para proveer el suficiente sostén durante ese momento, la presión del grupo de pares y la oferta de sustancias.
El período más crítico va de los 13 a los 16 años, que es cuando la mayoría de los chicos se inicia en el hábito de consumir cigarrillos. Entre esas edades uno de cada tres chicos fuma, y siete de cada diez toma alcohol.
Las razones del acercamiento a la droga son múltiples: algunos se acercan por curiosidad, otros para no quedar excluidos del grupo, algunos más para buscar un paliativo que alivie esa etapa conflictiva y transformadora que es la adolescencia.
Lo cierto es que cada vez hay más jóvenes en contacto con la droga y son muchos padres que, entre el miedo, el ocultamiento y la culpa, no consiguen encontrar el camino adecuado para acercarse al problema.
Más allá de cargar contra el medio, los amigos o las malas compañías, sirve preguntarse qué encuentra un adolescente en la droga, para tratar de suplantar ese supuesto beneficio por otros recursos.
La droga aparece como una falsa dadora de identidad, de pertenencia a un grupo. Pero para que la droga se instale, a ese chico le han faltado elementos de transición positivos para poder atravesar esa crisis.

Uno de los principales problemas es que se ha ampliado el límite de tolerancia social hacia el alcohol y las drogas. Pasamos de un modelo de familia muy normativa a padres demasiado “nutritivos”. Y los chicos necesitan padres. La familia es el simulador de vuelo para la sociedad, y la vida tiene sinsabores, límites y frustraciones. Si un adolescente no los conoció en su casa, los buscará directamente en los profesores, los jefes o la policía.


Además, es necesario que comprendamos que la lógica de la droga es la lógica del ocultamiento. En muchas ocasiones la adicción se usa para tapar una zona vulnerable del individuo. Y no es efectivo caer en esa misma lógica del ocultamiento. No hay que quedarse aislados en la situación, sino apelar a la sinceridad emocional en relación al comportamiento del otro, romper el muro tras el que se parapetan los adictos a través de que perciba algo emocional en los padres o en aquellas personas de su entorno cercano.
Hablar de las drogas sirve pero no es lo único. Muchos adictos eran chicos que justamente tenían muy conversado el tema con sus padres. Es necesario hablar, además, de patrones de violencia, de sexualidad, de exclusión de los grupos: hablar en la familia sobre los conflictos sociales, y fortalecer los proyectos de vida de los adolescentes.
Tampoco hay que tener miedo a conversar sobre los casos resonantes de figuras mediáticas que padecen o padecieron trastornos adictivos. Resultaría una ingenuidad creer que buena parte de la responsabilidad en la promoción del problema de la drogadicción en los jóvenes se instala a partir de la evidencia de la debilidad de estos ídolos.
El problema no está en los jóvenes sino en los adultos que toleran y avalan conductas autodestructivas; en la idolatrización por la que sostienen al ídolo en sus transgresiones, sin importar cuáles son sus verdaderas necesidades, aún cuando lo que se requiere es un tratamiento para superar un problema. Se trata de una cultura tolerante mientras los ídolos hacen goles, salen en cámara o sostienen una parte de la identidad nacional, y que después se lamenta y pone altares cuando llegan la sobredosis o la muerte.
Hay que decir que no, tener la identidad adulta -sea paterna o docente- clara. El desafío es transformar una cultura que tolera la idealización de la transgresión y autodestrucción por otra que ponga límites efectivos.



[1] Publicada en el diario Clarín, domingo 25 de abril de 2004

Algunas notas en torno de adolescencia, sexualidad y género



Viviana Taylor




En las últimas décadas la aparición de un concepto nuevo, género, nos permitió hacer una interpretación mucho más rica de los comportamientos de los sexos. La biología ya no define por sí misma el destino: los roles sociales y las conductas dejan su marca en la sexualidad de cada uno.
Diana Mafia[1] hace un relato de la evolución histórica del concepto: “Básicamente, se afirma que el género tiene que ver con los aspectos culturales con los cuales se interpreta la sexualidad. En realidad, el término género comenzó a ser empleado por la sexología en la observación clínica de casos en los que el sexo físico no se correspondía con lo que iba a ser el destino y el reconocimiento posterior de un sujeto. El feminismo toma este concepto en los años 70 para producir una crítica a los estereotipos, en lo que respecta a establecer jerarquías entre los sexos y asignar roles sociales en forma fija. El sexólogo John Money, en los años 50, introdujo el concepto de género para señalar la influencia de la cultura en la identidad sexual.”

Según estas argumentaciones, el modo dicotómico de pensar la identidad sexual es cultural. Efectivamente, la identidad sexual está atravesada por las expectativas sociales sobre el comportamiento admitido y deseable para cada sexo, por el modo en que cada cultura reconoce en el otro o la otra los signos de lo masculino y lo femenino (como la vestimenta, el pelo, la actitud corporal, ciertos adornos, los objetos amorosos y conductas permitidas). Así, si bien la identidad sexual depende de aspectos subjetivos, lo hace también de otros, relacionales y sociales.
Parte del imperativo cultural es su alineamiento con la anatomía, la genitalidad. Y esa genitalidad, que se sostiene como la base natural sobre la cual se funda la dicotomía, es disciplinada cuando aparecen casos de ambigüedad o hermafroditismo, a través de la vía quirúrgica u hormonalmente. Es decir que la ideología dicotómica produce un mandato sobre la anatomía para que no la desmienta, porque si lo hace, la naturaleza es corregida.
Se sostiene un alineamiento entre el sexo cromosómico, el sexo anatómico, la identidad sexual y el rol sexual, como si fuera la última compuerta que separa civilización de barbarie.

Más allá de estas consideraciones, y con su preocupación más centrada en la conducta sexual efectiva de los adolescentes, el ISCS[2] realizó una serie de encuestas entre estudiantes secundarios del escuelas de Capital y Gran Buenos Aires. En el año 2001, el 44% de los estudiantes que contestó ya había debutado sexualmente; en el 2003 esta proporción casi tocaba el 47%.
El doctor Claudio Santa María, rector del Instituto, recorre desde hace años las escuelas de Capital y el conurbano para dar charlas sobre prevención de VIH, anticonceptivos y sexualidad. En este tiempo vio cambiar muchas cosas: “a fines de los 90 había una o dos alumnas embarazadas por colegio, a quienes por ahí las hacían abandonar los estudios o la familia las sacaba por vergüenza. Ahora hay escuelas que tienen entre el 5 y el 10% de sus alumnos embarazados. Son tantos que la Secretaría de Educación porteña creó la figura de “alumno papá” y “alumna mamá”, y se les da licencia a ambos para el nacimiento de su hijo.”[3] En la provincia de Buenos Aires también hay normativa en este sentido.
Todas las investigaciones al respecto confirman no sólo la caída en la edad de iniciación sexual, sino el incremento de embarazos adolescentes. Los últimos datos nacionales procesados por el Ministerio de Salud dicen que durante el año 2000 nacieron en todo el país 96.689 bebés de madres de entre 15 y 19 años, el 30% de los cuales ocurrió en suelo bonaerense. Y esto a pesar de que son muchos los embarazos que terminan en abortos, que es la principal causa de insuficiencia renal y muerte en la adolescencia.

La temprana actividad sexual de los adolescentes anticipa también los riesgos de contraer sida y otras enfermedades: aunque el 70% de los consultados por el ISCS sabe cómo se transmite el sida, sólo el 30% usa preservativos en todos sus encuentros sexuales.
Según datos del Informe para el Proyecto sobre Actividades de apoyo a la prevención y el control del VIH/sida en Argentina:
· Sólo el 42% de la población usó preservativo en su primera relación sexual.
· El uso de preservativo en las relaciones ocasionales es bastante alto (75%) pero el 40% de los que afirmaron usarlo en la última relación sexual no siempre lo usa en este tipo de relaciones.
· El 67% de la población tiene algún grado de exposición a la transmisión del VIH por vía sexual y un 8% un grado de exposición alto.
· En general los hombres tienen un grado de exposición al VIH por vía sexual mayor que las mujeres, en especial los que tienen entre 20 y 24 años y son de nivel socioeconómico bajo y tienen un nivel de instrucción bajo.

Muchos especialistas consideran que hoy es mala palabra hablar de grupos de riesgo. La insistencia en esta idea es lo que ha llevado a muchos a creer que no están expuestos. Y una vez que se construye la creencia sobre la enfermedad alrededor de esta idea, ya resulta muy difícil que la gente pueda desarticularla y referirla a otras personas, y sobre todo a sí mismas.

La buena noticia es que entre los jóvenes, el uso del preservativo es mucho más aceptado que entre los adultos, puesto que se iniciaron en la sexualidad en la era del sida. En la subcultura juvenil el problema es otro: una vez que la pareja se estabiliza, se pasa a otros anticonceptivos que quedan a cargo exclusivo de la mujer.
Asimismo, a las chicas jóvenes les resulta más fácil exigir relaciones sexuales seguras que a las mujeres mayores. En la medida en que ya no se plantean tanto la dependencia de la pareja como eje de su vida, y tienen proyectos propios, crece su disposición a exigir relaciones sexuales más seguras.

[1] Docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y en la de Humanidades de la Universidad de Rosario. Codirectora de la investigación “Género y construcción de ciudadanía” (UBA) y directora de la de “Control, defensa y promoción de los derechos sexuales y reproductivos” de la Fundación Ford y la Defensoría del Pueblo
[2] Instituto Superior de Ciencias de la Salud
[3] Informe de investigación del diario Clarín, publicado el 20 de junio de 2004

jueves, 18 de junio de 2009

Vivir en una sociedad desidealizada


Viviana Taylor



Cuando hablamos de idealizaciones, hacemos referencia a un conjunto de representaciones de la realidad que provocan adhesión afectiva e identificación. Así, diferentes momentos históricos se caracterizaron por diferentes idealizaciones: la gran Patria Latinoamericana, la Justicia Social a través de la igualdad y la libertad para todos, el acceso del Pueblo al poder, la movilidad social a través del estudio y el trabajo, la Democracia como construcción colectiva de una forma de vida, la Revolución Productiva, la extensión de la definición de los Derechos Humanos…
Las idealizaciones tienen suma importancia en el desarrollo de la identidad, ya que aportan a la constitución de la dimensión ética de la persona. De la misma manera, la tienen en el desarrollo de la identidad común que permite la construcción de la noción de comunidad.

Sin embargo, la nota característica de nuestra sociedad actual es la pérdida de idealizaciones; desidealización que podemos rastrear en las siguientes evidencias:

·Bajas expectativas respecto de los beneficios que podemos esperar del futuro. Esta pérdida constituye un quiebre profundo con lo que sucedía hace apenas una generación atrás, cuando se confiaba en el logro de un progreso no sólo individual sino social, que inevitablemente iba a llegar. De hecho, hasta hace una generación atrás, la mayoría de las historias de los argentinos se resumía en un relato familiar en el que cada generación estaba mejor (económica, social y culturalmente) que la anterior. Era la idealización de nuestros abuelos de “M’hijo, el dotor”, que no sólo legitimaba su esfuerzo en el trabajo, sino el de sus hijos en el estudio. Y aún cuando las promesas no se cumplieran para cada historia individual, estaban socialmente garantizadas: alguien lo lograba, y todos conocían a algún alguien.
La actual pérdida de confianza en lo que está por venir es fuertemente desmotivadora, ya que al no garantizar la obtención de algún beneficio a través del sacrificio propio o común, le quita fuerza a todo proyecto y deslegitima los argumentos en favor del esfuerzo.
Los docentes tenemos ejemplos diarios de esto en cada grupo de clase que atendemos. Lo vemos en la resistencia frente al trabajo individual o colectivo. Y, en aquellos que están dispuestos a hacer un esfuerzo, es llamativa la tendencia a resistir el trabajo colaborativo, ya que muchos sólo se disponen a esforzarse si los beneficios van a ser individualmente considerados.
Por supuesto, no es algo que deba restringirse a los niños y adolescentes: este “desgano colaborativo” y falta de expectativas es también evidente entre compañeros de trabajo o en cualquier grupo al que tengamos acceso. Y un caso muy particular es el que se produce frente a hechos y situaciones en los que la referencia de “lo común” es la sociedad ampliada, como es el caso frente a elecciones u otras cuestiones de la vida política: tal desgano deviene del convencimiento de que todo cambio profundo es imposible, y que de haberlo seguramente será para peor, promovido por la negligencia o la corrupción, según sea el caso.

·Por otra parte, está el tema de la pérdida de los modelos de referencia, íntimamente relacionada, por un lado, con la exposición a través de los medios masivos de comunicación de la debilidad privada de los referentes sociales. Podríamos encontrar nutridos ejemplos de esto al hojear cualquier diario o revista de actualidad, y al mirar un rato de televisión: el presidente italiano rozando con sus genitales las nalgas de una mujer policía acodada sobre un patrullero y retozando con jovencitas con poca ropa y menos edad; un ex presidente nuestro gritando enardecido contra los medios de prensa y otro alardeando de las mujeres que pasaron por su colchón durante su presidencia; diputados candidatos a diputado prometiendo hacer lo que ya habiendo tenido la oportunidad no hicieron, y otros de listas testimoniales y colectoras; divas de televisión pidiendo mano dura con los delincuentes mientras blanquean sus millones en negocios turbios y sepultan automóviles mal habidos bajo fardos de heno; jovencitas “queni” (que ni bailan, que ni cantan, que ni actúan) que saltan a la fama sin conocerse demasiado bien qué hacen… y todos gozando de beneficios con los que ningún trabajador se atreve a soñar.
Y por otro lado, la pérdida de los modelos de referencia también está íntimamente relacionada con la manifestación de la impotencia para el desarrollo de los proyectos de vida propios y de los referentes más cercanos. En este sentido colabora una característica muy fuertemente arraigada en los argentinos, que es la de la queja: a todos nos va mal, y a los que les va bien, les va mucho peor de lo que les gustaría y consideran que se merecen. Esta tendencia a la queja instalada va erosionando las esperanzas de los jóvenes, pero también va minando la imagen que como adultos tenemos de nosotros mismos y nuestras posibilidades, como una gota que a la larga resquebraja la piedra. Así es como se va retroalimentando la tendencia a una lectura escéptica de la realidad, basada en la consideración exclusiva de las experiencias de sufrimiento y fracaso.

· Pero más grave aún que la pérdida de modelos, es que cuando no hay modelos, cualquiera puede serlo. Es el caso de los ídolos, personajes a los que se los identifica a partir de una única característica de su persona –que es resaltada y se constituye en su marca de identidad- con oscurecimiento de las demás características. Así, un ídolo se constituye a partir de una identidad sesgada. Se trata de una categoría en la que puede entrar cualquiera que, por ejemplo, obtenga el máximo de beneficios con el mínimo esfuerzo (como cualquiera capaz de “hacer plata fácil”: un político corrupto, un narcotraficante, una “botinera”, etc.) o que sea capaz de mostrarse como quien tiene respuestas a nuestras preocupaciones, sin importar los métodos en los que base su actuar (como es el caso de los líderes fundamentalistas, autoritarios o violentos). Todos estos ídolos conllevan en sí el riesgo de producir identificaciones que amenazan la construcción de una identidad sana, sea individual o social.

Tradicionalmente, los adultos (en tanto portadores y transmisores de idealizaciones) hemos sido los referentes de los niños y adolescentes al ofrecerles una imagen deseada como personas y proyectos de vida, que se constituía en los modelos que ayudaban a configurar el desarrollo de su identidad. Les proveíamos un “hacia dónde” ir y dirigir sus esfuerzos y aspiraciones.
El problema es que hoy no somos ni nos sentimos capaces de ofrecer –como sociedad, como grupo de adultos- una imagen deseada, porque sentimos que no lo somos. Así, no son sólo los niños y adolescentes los que tienen dificultades para encontrar en esta sociedad adulta referentes válidos. Tampoco nosotros somos capaces de hallarlos.
Esta dificultad es, para ellos, un obstáculo para la construcción de su identidad. Y, para todos nosotros, un obstáculo para la construcción de una identidad común.



Acerca de la estructuración de la personalidad psicosocial en la adolescencia




Viviana Taylor





Una forma de entender la socialización es en referencia a la internalización de las normas y los valores de una sociedad por parte de los jóvenes.
Muchos sociólogos tendieron frecuentemente a explicarla como un fenómeno mecánico en el cual la sociedad juega el papel activo, y los individuos el pasivo. Los etnólogos, por su parte, tampoco pusieron el foco sobre el sujeto individual, ya que describieron un proceso en el que los jóvenes internalizan una realidad no objetiva sino ya transfigurada por las fantasías, los deseos y temores de quienes los precedieron. Y la Psicología, por su parte, nos ha enseñado cómo se producen las relaciones de internalización entre una generación y otra a través de los procesos de identificación que nacen de los vínculos intrafamiliares, y se extiende luego a los otros adultos, sobre todo en la escuela.
Este modo de concebir la socialización se relaciona con una primera forma de estructuración de la personalidad, que se construye durante la primera infancia, particularmente a través de las identificaciones con los padres y del conflicto edípico, por lo que implica el inconsciente freudiano. A partir de esta personalidad psicofamiliar, y durante toda la vida, el individuo hará proyecciones en el campo de lo social, de modo tal que en su inconsciente la sociedad será vivida por él como una familia, los superiores jerárquicos como padres, y la transgresión a la autoridad como fuente de culpabilización.


Pero junto con éste existe otro modo de socialización, que es origen de una segunda estructuración de la personalidad, la llamada personalidad psicosocial. En esta segunda forma de socialización, la relación con la realidad se lleva a cabo sin la intermediación directa de adultos. Generalmente se da dentro de pequeños grupos (el grupo de clase, la barra, o la tribu) ya que este tipo de agrupamientos crea las condiciones de posibilidad para que los adolescentes se sientan protagonistas de sus propias acciones y decisiones, al no sentir la mediación de la autoridad de los adultos. Este protagonismo es el que les permite inaugurar el sentimiento de autoría, de ser dueños de sus elecciones y los actos que conllevan. A este proceso se lo denomina apropiación del propio acto.

Según Gerard Mendel[1], este proceso se funda en la existencia de una fuerza antropológica que nos hace considerar a nuestros actos como una continuidad de nuestro ser, lo que explicaría la necesidad de reapropiarnos de esos actos que se “nos escapan”.
Justamente lo opuesto a este movimiento de apropiación del acto es la fuerza tradicional de la autoridad que, por pertenecer a los adultos, vincula a ellos la legitimidad del acto.

Cuando la autoridad de los adultos disminuye, es cuando los jóvenes comienzan a vislumbrar que el mundo pertenece a todos los que lo hacen, y no solamente a unos pocos privilegiados. Esto demuestra que, de algún modo, hay una relación antagónica entre autoridad heterónoma y actopoder[2] , aunque ninguno de los términos puede eliminar al otro.

En la actualidad, el adolescente que vive en el medio urbano tiene carencias respecto de las dos formas de socialización, no por la pobreza de oportunidades, sino por estar estimulado por un gran número de informaciones, a veces contradictorias. Vive en un mundo que no le permite descubrir sus recursos y posibilidades, lo que termina originando una brecha entre su inteligencia crítica y la falta de confianza sobre su propia capacidad para arreglárselas solo. Salvo en aquellos que practican una activa cooperación (por ejemplo a través de la participación en deportes colectivos o en una actividad comunitaria) el sentimiento de inseguridad señala la falta de adquisición de autonomía.

En síntesis, podríamos afirmar que para el adolescente hay dos formas de estar en el mundo: por un lado, a través de las relaciones interpersonales con los adultos y las instituciones, necesarias y sucesoras de las identificaciones parentales; y otra, por la cual puede apropiarse de su propio acto, a través de una apropiación colectiva con su grupo de pares.

En razón de esa primera forma de estar en el mundo, el papel de los adultos es el de ser portadores y transmisores de idealizaciones, es decir, ofrecer una imagen directriz que oriente y motive la conducta, al proporcionar un proyecto de vida, un hacia dónde ir.
El lugar de los docentes es particularmente difícil en el contexto actual de una sociedad de adultos que no se siente capaz de proponerse como referente válido a imitar y con la cual identificarse. Por una parte, porque con frecuencia se encontrará con adolescentes que no han logrado identificarse con suficientes referentes válidos como para constituir su identidad de un modo sano. Y por otra, porque él mismo, siendo un adulto en este contexto, suele sufrir las mismas inseguridades y carencias que los demás.

¿Por dónde comenzar, entonces?
En primer lugar, sería bueno tomar conciencia de que formamos parte de una institución con una tradición fuertemente idealizadora, en una sociedad que atraviesa una profunda crisis de ideales. Si nos mantenemos en el lugar de perfección que se le solía asignar a los docentes, más que un modelo a seguir nos convertiremos en un modelo inquisidor, que los condene a un fuerte sentimiento de impotencia frente a nuestra postura falsamente omnipotente. Hoy, ser ejemplar no equivale a ser perfecto, sino a ser una persona íntegra, con sentimientos, conflictos, problemas... pero de pie y luchando.
En segundo lugar, debemos abandonar la posición de críticos que como adultos solemos asumir frente a los ídolos de los adolescentes, y preguntarnos qué tenemos que aprender de ellos. Sería interesante dejar de subestimarlos y comenzar a indagar qué es lo que les provocan, qué valores les proponen, desde qué códigos lingüísticos y estéticos... para poder ayudar eficazmente a nuestros chicos a construir los recursos internos que los alejen del riesgo de las identificaciones peligrosas, proponiéndoles otros modelos, más sanos, de encarnación de esos mismos valores con los que se identifican.
En tercer lugar, debemos tomar conciencia de que la única manera que tienen nuestros alumnos de incorporar los instrumentos que les permitan rechazar una aceptación pasiva y sumisa de los ídolos, a la vez que proponerse modelos más enriquecedores, es desarrollando su capacidad crítica y promoviendo su autonomía. Claro que para eso tendremos que interrogarnos acerca de cuál es el sentido de la vida, y esta quizás sea una cuestión que aún nosotros mismos tengamos pendiente.

[1] Mendel, Gerard. Sociopsicoanálisis y Educación. UBA y Ed. Novedades Educativas, 1996
[2] El poder que tenemos sobre nuestros propios actos. Tiene un triple aspecto :
· el acto ejerce siempre un poder sobre el entorno del sujeto (se relaciona con las consecuencias de lo que hacemos, deseadas o no);
· el sujeto puede ejercer mayor o menor poder sobre su acto (lo que se vincula con la voluntad y la libertad, y por ello supone en el acto una dimensión ética);
·el mayor o menor poder incide directamente en la motivación del sujeto (lo que explica por qué la abulia es uno de los correlatos naturales de la represión sobre la libertad).