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lunes, 30 de noviembre de 2009

domingo, 22 de noviembre de 2009

Para reflexionar... acerca de las apariencias















lunes, 2 de noviembre de 2009

Felipe va a la escuela

miércoles, 28 de octubre de 2009

Acerca de la comunicación en el aula


Extracto del Módulo 1 del curso “Comunicación, sociedad y educación”, Educ.ar. Ministerio de Educación de la Nación Argentina.



La comunicación es una condición básica de la vida humana y del mundo social. Todas las actividades humanas están atravesadas por la comunicación. Sin embargo, como señala el investigador Daniel Prieto Castillo, ninguna profesión está tan impregnada de comunicación como la de los educadores.

“Los educadores somos seres de comunicación (...) Nada más delicado que la trama de la comunicación. Influyen en ella las variaciones del contexto, la vida cotidiana, las actitudes a la defensiva, la esgrima verbal para enfrentar a un contrincante que viene a herirnos con sus palabras, las miradas, los gestos. Todos lo que nos sucede en las diarias relaciones va a dar a esa delicada trama de lo comunicacional. Y cuentan también las situaciones en las cuales reina una comunicación diferente y quienes les dan sentido, aprendices y maestros viven la alegría del encuentro, gozan la mirada y el gesto, la construcción de la palabra y la preciosa sensación de ir creciendo juntos en el discurso y en las prácticas de aprendizaje”.


Daniel Prieto Castillo

La comunicación en educación

Buenos Aires, Stella-La Crujía, 2005.



Si bien no se pude reducir la complejidad del proceso educativo a lo comunicativo, es claro que la mayoría de las actividades docentes son actos de comunicación: explicar, exponer, leer, transmitir, escuchar, conversar, escribir notas, correcciones, comunicaciones, apuntes, leer textos bibliográficos, textos producidos por alumnos, directivos y colegas, formular instrucciones, corregir, etcétera.

En estas actividades, como en toda comunicación, además de trasmitirse significados se establecen y se construyen las relaciones entre maestros y alumnos, maestros y colegas, maestros y directivos, maestros y padres. Cada uno de estos participantes de la comunidad escolar “dice” quién es durante estas interacciones.

En el citado libro La comunicación en la educación, Prieto Castillo hace una lista de interacciones comunicativas negativas en el aula, en un parágrafo titulado “Comunicación como sufrimiento”.
El enfoque de este autor tiende a señalar estos casos como problemas. En realidad, un análisis profundo de lo comunicativo –y que no se base en la postulación de la posibilidad de una comunicación ideal– permitiría advertir que son lugares que -en forma menos extrema- todos los docentes tomamos y combinamos en alguna medida.

o Comunicación en función de ataque y defensa. Tengo permanente desconfianza ante el enemigo; cálculo de cada palabra y de cada mirada, emboscadas, embates, inesperados.


o Relación definida en función del traspaso de contenidos. Palabra sobre palabra y repetición incesante de las ya dichas. Empecinamiento en reflejar lo que de todas maneras el docente refleja (...) Comunicación exangüe desde un comienzo, carente de entusiasmo y del vértigo de la diferencia.


o El populismo pedagógico. Somos todos amigos, vean qué democrático es este profesor, nos podemos reír, hacemos bromas sobre la cara de alguien (...) nos divertimos muchísimo pero no aprendemos nada. (...) Comunicación perversa esta, ilusión de compañerismo, juego de simulaciones sin que los niños o los jóvenes lo sepan.


o El showman, el hombre-docente espectáculo. El aula se vuelve un espacio escénico con golpes de efecto, monólogos, ademanes (...) Comunicación ligada a la capacidad de impactar (...) Lo importante para este educador es ser el centro, los demás no cuentan.


o El docente de personalidad panóptica, el que ve de todos lados, controla, grita, amenaza, infunde miedo, persigue (...) Comunicación para la violencia. El aula como ambiente de terror.


o La tecnología salvadora. Todo pasa por el retroproyector o por los programas de video o por alguna grabación de audio. Con el retroproyector esto es tendencialmente fatal: en la pantalla o en la pared aparece la proyección de una página leída línea a línea.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Una vieja matriz de aprendizaje...


"Porque lo dijo yo"

Diana Baccaro


¿Quién no recuerda algún buen cachezato que recibió de chico? El escritor Juan Sasturain contó hace poco que la única literal paliza que le dio su viejo antes de los 10 años fue por "afanar plata para comprar figuritas. Debe haber sido en el 54, porque jugaban Colman y Otero en Boca". No aclaró si el castigo sirvió entonces para dejar de tocar monedas ajenas, pero la pasión por juntar figuritas siguió intacta durante toda su infancia. Hacer buen uso de la autoridad es tal vez el mayor desafío de los padres. Según la Real Academia Española, es el "crédito y fe que, por su mérito o fama, se da a una persona". Para ejercer el arte de mandar, entonces, la cualidad esencial es el prestigio, que se gana cuando somos coherentes entre lo que hacemos y lo que ordenamos. Y cuando pedimos disculpas si nos equivocamos.





Los padres aún usan el "chirlo" para disciplinar a los chicos


Para el 68%, un sopapo a tiempo vale más que mil palabras






Los que hoy tienen 50 o 60 años recordarán los colegios de curas en los que mandaban a los alumnos a arrodillarse sobre granos de maíz para enderezarlos. Y recordarán que hubo épocas en las que darle vuelta la cara de un sopapo a un hijo si se portaba mal era inseparable del concepto de disciplina. Hoy, sin embargo, la frase "un chirlo a tiempo puede más que mil palabras" no tiene tanto olor a viejo. Un estudio entre padres que llevaron a sus hijos al hospital Gutiérrez indicó que el 68% todavía usa el chirlo como método de disciplina.

En 2007, un grupo de pediatras del Gutiérrez hizo 475 encuestas a padres de chicos de entre 1 y 5 años. No sólo encontraron que la mayoría entendía al "castigo físico" como sinónimo de disciplina sino que muchos repiten su historia: el 41% de los padres también había sido criado a los golpes. Un trabajo similar en Estados Unidos indicó que 9 de cada 10 padres "nalguea" a sus hijos por lo que la Academia Americana de Pediatría salió a decir que "se opone firmemente" a pegar para educar y redactó una guía para reemplazar el cachetazo, el pellizcón y el tirón de pelos por otros métodos sin castigo físico. Pero ¿es o no es efectivo el famoso "chirlo a tiempo"?

"A los chicos no se los puede entrenar como a los perros, pegándoles con el diario. Cuando se les pega por lo general dejan de portarse mal y la sensación es que es el chirlo fue efectivo, pero en verdad el chico deja de hacerlo por miedo a que vuelvan a pegarle, no porque haya entendido qué estaba bien y qué estaba mal", dice Fernando Zingman, pediatra de la Sociedad Argentina de Pediatría. "Cuando se da un chirlo o se lo amenaza sin explicaciones, lo que se logra es que haga eso prohibido a escondidas y con más riesgos. Por ejemplo, si se le enseña a cruzar la calle, se le puede decir que si cruza mal se puede lastimar y no 'si cruzas solo te mato'. Mientras lo vigilen no va a cruzar pero el día en que esté solo va a correr a la calle".

Gabriela Giaccaglia, ex jefa de residentes del Gutiérrez y a cargo del estudio, opina: "Cuando el padre llega al chirlo es porque falló en las formas anteriores de poner límites. El chico que se va dormir a cualquier hora, que no quiere bañarse o cenar porque está mirando televisión, a la larga es inmanejable. Y es ahí que viene el chirlo".


Como no existe el manual del buen padre, la mayoría sólo hace lo que le hicieron sin margen de discusión. De hecho, la encuesta indicó que el 40% de los padres no habla con nadie de los métodos que usa. "Muchos padres fueron criados así y reproducen el modelo, pero el golpe no sólo no enseña sino que los lleva a mentir por miedo al castigo", dice Giaccaglia.


En la Asociación Americana de Pediatría aconsejan a los padres que "si dan una nalgada a un hijo después le expliquen con calma por qué lo hicieron". En su guía advierten que "un bebé de menos de 18 meses no entiende la conexión entre el chirlo y el mal comportamiento" y que los chicos que son disciplinados a los golpes son más agresivos en el colegio. Laura Cohen Arazi, coautora del trabajo, agrega: "Es difícil poner el corte. ¿Cómo sabemos que empieza con un chirlo porque lo sacó de quicio y no termina en maltrato?" Es que no es sólo el cachetazo: "Cuando al chico le decís 'si volvés a hacer eso mamá no te va querer más', para ese chico es una amenaza devastadora: implica que lo pueden dejar de querer por algo. Hay padres que no pegan pero les dicen 'sos un boludo' cuando hacen una macana y eso es tan fuerte como un golpe", dice Zingman.

Aunque parezca que el castigo físico encarrila, puede dejar secuelas en el plano psicológico: "Puede tener dificultades para relacionarse: reaccionar violentamente o no saber defenderse porque se le enseñó a crecer como víctima. Puede dañar su autoestima y la comunicación con sus padres porque ese chico aprendió a mentir para evitar el castigo", enumera Giaccaglia.


Los expertos piden a los padres no confundir: un padre que da un sopapo no es sinónimo de un padre que está poniendo límites.



Opinión
San Agustín concebía al niño como un ser imperfecto y maligno que necesitaba ser educado. De tal forma, era preciso enderezar lo que estaba torcido y mal formado.

Tal vez estos criterios que se instalaron en las sociedades junto a los atributos que le confería al "pater familia" el derecho romano, han sido la apoyatura que mantuvo a través de los siglos el castigo correctivo en la crianza de la niñez.

El avance de la civilización y la incorporación de los derechos de los niños, lentamente modificaron las modalidades empleadas por los padres en la educación de los hijos. No obstante permanece vigente el poder del castigo para instalar la obediencia que los niños deben dispensar a los adultos. De esta forma aprenden a incorporar el valor del golpe y la coerción para reivindicar los supuestos derechos que los asisten.

¿Es así como pretendemos erradicar los actos violentos ejercidos por niños y jóvenes para resolver conflictos? Debemos reflexionar sobre cuán poco confiamos los adultos en el valor de la palabra a la hora de educar y reclamar justicia.


Norberto Garrote

Jefe de Violencia Familiar, Hospital Pedro de Elizalde


martes, 23 de junio de 2009

Hablando sobre las familias en la actualidad



Viviana Taylor




¿Qué sucedió durante los últimos cuarenta años en el plano más íntimo de los comportamientos familiares? En el nivel manifiesto, se verifican los siguientes hechos:
disminución del número de primeros matrimonios y de matrimonios reincidentes;
aumento de la cohabitación de prueba y permanente;
aumento de los divorcios y separaciones;
aumento de las familias monoparentales con una mujer como cabeza de hogar y de las familias ensambladas;
disminución del número de nacimientos;
aumento del número de nacimientos extramatrimoniales;
aumento de la participación permanente de las cónyuges en el mercado de trabajo y por lo tanto, aumento de las parejas en las que ambos tienen una actividad profesional.

En estos comportamientos manifiestos subyacen cambios latentes, de sentido más profundo, que definen lo que ha dado en denominarse familia postmoderna.
En primer lugar, podríamos decir que los individuos experimentan de manera diferente su creencia en la autonomía, rechazando el cumplimiento de los roles tradicionales de esposo/a y padre/madre. En esta línea de reflexión, se piensa que hay formas de realización personal que no pasan por “tener hijos” (aunque se los siga teniendo, pero en número cada vez más reducido).
En segundo lugar, si bien el amor romántico continúa siendo dominante en la elección del cónyuge, ya no se percibe a la familia como la realización de un “nosotros”, sino como la realización de “uno mismo”.
Tercero, el matrimonio ya no es una institución que, a la vez, marca el comienzo de la vida en común y protege a la familia a todo lo largo de su devenir.
Cuarto, la estabilidad de la unión conyugal ha cambiado de sentido respecto de otras épocas: la disolución del vínculo no es ahora involuntaria (por la muerte del cónyuge), sino que son los propios actores quienes la deciden voluntariamente (por divorcio o separación).
Y finalmente, puesto que ha cambiado la definición del rol asignado con respecto a la participación laboral y al sustento de la familia, los hombres están menos compelidos a ser el principal proveedor de recursos; y las mujeres ven disminuir sensiblemente su dependencia objetiva como consecuencia de su mayor escolarización y de su mejor inserción laboral.

Estos cambios guardan entre sí una gran coherencia: todos remiten a una demanda, explícita o implícita, de autonomía personal, de valoración del ámbito privado, de desvalorización de los lazos de dependencia respecto de las instituciones y las personas. Lo que ahora se espera de la familia es que debe ayudar a los miembros a construirse como personas autónomas. Los actores poseen un mayor control de su destino individual y familiar, en razón de nuevos valores que aprueban esa autonomía e inducen cambios en el derecho de familia, el sistema tributario, en las políticas sociales.
Paralelamente, ciertas condiciones objetivas facilitan ese control: es el caso del progreso en la tecnología anticonceptiva signado por la aparición de métodos altamente eficaces de manipulación femenina.

El efecto de estos cambios sobre la familia ha sido contundente. Así, desde los años 70 existen dos registros de vulnerabilidad familiar.
El primero deriva del hecho de que el avance de un orden interno contractual (es decir, el avance de una asociación entre sus miembros liberada de tutelas institucionales y basada en relaciones igualitarias) debilita la estabilidad familiar, en tanto ésta sólo depende ahora de autorregulaciones: la mayor inestabilidad es la contrapartida de la mayor democracia interna.
El segundo deriva del hecho de que aquellas familias que por su estatuto social y su precariedad económica son más proclives a perder los beneficios de la seguridad social, son también más proclives a la ruptura: la mayor inestabilidad es la contrapartida de la falta de protecciones colectivas, lo que a su vez refuerza el proceso de pauperización de quienes ya eran vulnerables antes de la ruptura.

Grandes cambios espaciales entre siglos XX y XXI


Y algunos de sus impactos sobre las formas de socialización




Viviana Taylor


El primer gran cambio espacial del Siglo XX está representado por la expansión urbana, cuyo ritmo más acelerado se verificó en los llamados países del Tercer Mundo. Si bien una de las características más evidentes corresponde a la concentración de la población, es aún mayor el aumento de la superficie ocupada por ciudades, que crece en forma continua. Baste recordar que nuestra tasa de urbanización actual es del 85% y se espera que llegue al 88% hacia el 2025.
Esta expansión, al alterar su forma, cambió la noción de ciudad, como consecuencia de la continuidad de la trama urbana que no permite reconocer límites claramente definidos entre una y otra. Es el caso, en nuestro país, de los grandes conurbanos (Bonaerense, de La Plata, de Rosario) en los que la ciudad eje y sus ciudades satélites pasan a formar un único conglomerado urbano, con características propias y distintivas.


El segundo cambio está representado por la expansión de los medios de circulación, comunicación e información. Si bien la expansión de los medios de circulación ha hecho que hoy las personas podamos trasladarnos de un lugar a otro como hace un siglo era impensable, estos desplazamientos son cada vez menos necesarios. La responsabilidad hay que achacársela a los medios de comunicación que han creado condiciones de instantaneidad tales que han vuelto muchos de estos traslados perfectamente inútiles. Ya hace años que existen empresas para las que una simple oficina de coordinación es suficiente, y una cantidad creciente de instituciones educativas que canalizan buena parte de sus tareas a través del aula virtual, internet o el correo electrónico.
Frecuentemente se ha comparado la revolución de las tecnologías digitales con la aparición de la imprenta. Desde Aristóteles, Sócrates y Platón hasta hoy, el cambio principal fue la palabra impresa: la escritura, el libro, la conferencia, el debate. La imprenta de Gütenberg, que transformó a mediados del siglo XV la técnica de reproducción de textos y de producción de libros aunque sin modificar sus estructuras esenciales, cambió nuestra capacidad para mover información y conocimiento a través del tiempo y el espacio.
Es evidente que en la actualidad nos encontramos frente a una revolución mayor. Las tecnologías de la información y la comunicación no sólo presentan un nuevo salto en la forma en que podemos mover y compartir la información y el conocimiento. Con la pantalla el cambio fue radical, ya que son los modos de organización, de estructuración y de consulta de lo escrito los que se han modificado.
La revolución del texto electrónico fue, en principio, una revolución de la lectura: se lee linealmente pero también en profundidad, hacia dentro. Dio lugar a nuevas maneras de leer y nuevos usos de lo escrito para los que se requieren nuevas técnicas intelectuales. El texto electrónico permite al lector anotarlo, copiarlo, desmembrarlo, reordenarlo; convertirse en un original coautor. También le permite anular distancias y acceder a prácticamente cualquier libro en cualquier lugar. Algo así como la realización del sueño de la propia Biblioteca de Alejandría, y en casa.
A esta revolución de la lectura se le ha sumado, además, una nueva revolución: la de producción de materiales. Hoy no se requieren competencias específicamente desarrolladas ni complejas para ser el productor de una página electrónica, en la que se pongan a disposición pública los contenidos producidos por uno mismo, o aquellos producidos por otros con los que uno se identifica o sobre los que tiene algo que decir, o simplemente desea mostrar.
Pero estas revoluciones son hijas de la verdadera revolución, la más importante, que consistió en la alianza entre las tecnologías de la información y las de la comunicación: las redes web, las comunicaciones y teléfonos celulares, los dispositivos de almacenaje, el correo electrónico, por separado no son tan potentes como juntos. Uniéndolos, se configura un nuevo territorio en el cual se desarrollan nuevas actividades o viejas actividades de otro modo; un territorio electrónico en el cual se produce y almacena información, se la comparte y modifica, y pueden edificarse organizaciones como una escuela virtual o una comunidad virtual que se ocupe de cuestiones relativas a la salud, a la asistencia, ambientales, educativas o de seguridad. Esto sólo es posible cuando se tiene a la tecnología de la información y de la comunicación actuando juntas. Y se produce un espacio electrónico que se suma a los demás existentes y es tan real como el espacio físico.

Son, precisamente, estas tecnologías las que les otorgan el soporte necesario a múltiples comunidades para que se desarrollen. En este caso, cuando hablamos de comunidades, no sólo las pensamos en un espacio físico, sino primordialmente como un grupo de personas que encuentran algo en común, sea que se encuentren en un espacio físico, diseminadas por la ciudad, o por el mundo. Se trata de redes sociales y comunidades de interés, a las que ya me referiré con más detalle al hablar de los fenómenos de deslocalización. La revolución tecnológica consiste, propiamente, en la forma en que estas personas utilizan la tecnología de la información y de la comunicación para reunirse, intercambiar y hacer cosas juntos.

Esta revolución nos obliga a reflexionar acerca de sus efectos sobre la definición del espacio público. Así como puede acercar comunidades separadas y desvinculadas, y puede hacer realidad el sueño de la Ilustración, también puede dejar fuera de la participación a vastos sectores de la población para los que la tecnología sólo es el inaccesible juguete de los otros.
En efecto, la tecnología puede reproducir la lógica de la exclusión -la exclusión digital- pero también puede ser utilizada para disminuirla. La incorporación de esta herramienta puede ayudar a recrear la solidaridad, a fortalecer vínculos sociales e inaugurar nuevas formas de ciudadanía, o al menos a ejercer las que existen.

Argentina, como muchos otros países, invirtió grandes cantidades de dinero público para construir telecentros comunitarios, un lugar al que puede ir la comunidad y aprender algunos conocimientos prácticos. Pero la mayoría fueron un fracaso, y no pudieron sostenerse. Y aún allí donde sí funcionaron, no se aprendieron las lecciones para poder llevarlas a otro lado.
Las razones debemos buscarla, por un lado, en que la idea fue mal planeada. Faltó una estrategia que consistiera no sólo en montar un telecentro, sino que partiera de cómo lo usamos para desarrollar los conocimientos y el aprendizaje de una comunidad, y no sólo de un individuo.
Paradójicamente, en esas mismas localidades funcionan cafés con internet -los ya conocidos cibercafés- que no sólo funcionan mejor, sino que en general son usados por los jóvenes. Claro que los usan para cargar información en sus redes sociales (como Facebook) o imágenes en su fotolog, jugar en línea, mandar e-mails y chatear, más como entretenimiento que como educación.
Hoy el desafío es abrir telecentros que hagan pensar en la comunidad; que la comunidad entienda que las computadoras no sólo sirven para almacenar y recuperar información, sino que crean un espacio virtual que permite hacer cosas juntos: por ejemplo, mejorar su salud, sus escuelas, sus servicios públicos. Que sirvan de fomento para la formación de redes sociales en las que personas y pequeñas comunidades se escuchen unas a otras e intercambian sus experiencias. Esto es, tratar problemas y desarrollar identidades democráticas más robustecidas.


Un tercer cambio se introdujo a partir de la llamada conquista del espacio, que ha perdido sus connotaciones románticas para volverse práctica. En la era de la rentabilidad, la aventura hubiese resultado demasiado costosa si no hubiese permitido la explotación del espacio como prolongación de la puesta en red del planeta, a través del lanzamiento a órbita de satélites para la comunicación y la observación.


Según el antropólogo Marc Augé[1] estos cambios en la disposición del espacio que se han venido sucediendo desde el siglo XX tienden a lo que denomina deslocalización. Por deslocalización debemos entender cierto fenómeno en el que la tradicional asociación de los conceptos de espacio físico y lugar se ha roto, dando lugar a la consideración de ciertos espacios como no lugares. Así, junto con su concepto de deslocalización, introduce el de los no lugares para caracterizar algunos de los nuevos espacios contemporáneos que no portan ninguna marca de identidad, no constituyen ninguna sociabilidad, ni son portadores de ninguna historia, por lo que son zonas de anonimato y de soledad. Es el caso de los supermercados, las autopistas, los aeropuertos. Aunque también incluye bajo esta denominación a todas las redes que transmiten instantáneamente la imagen, la voz y los mensajes de un lado a otro de la Tierra, podríamos decir, siguiendo su razonamiento, que en este caso sí constituyen lugares, aunque sin el soporte del espacio físico para el encuentro. Podríamos hablar, más precisamente, de lugares virtuales. Las salas de chateo, donde se reúnen habitualmente las mismas personas, que se reconocen y han entablado una relación cargada de afectividad son un buen ejemplo; así como los foros de discusión, los grupos de interés y las redes sociales, el aula virtual...

El sociólogo Alain Touraine[2], por su parte, afirma que en realidad vivimos entre dos mundos. Uno, el de una economía global mundializada, caracterizada por los rasgos que hemos expuesto. Y frente a él otro mundo, en el que buscamos identidades que se vuelven cada vez más defensivas.
Al tratar de protegernos de las amenazas de la globalización, que nos vuelve anónimos y aislados, terminamos aferrándonos a cualquier grupo que nos permita un sentimiento de pertenencia, sea étnico, religioso, sexual, etáreo, o barrial.
En Argentina, donde tradicionalmente los grupos se integraban a la sociedad total, este es un fenómeno relativamente nuevo, pero cuyo nacimiento no podemos ignorar. Quizás sea el único modo de entender el afloramiento de ciertos grupos violentos, la aparición de formas activas de segregación y discriminación, de las tribus adolescentes con características bien diferenciadas las unas de las otras y hasta con nombre propio.
La conclusión de Touraine ante esta advertencia, es que se vuelve imprescindible un esfuerzo de rearticulación de una economía social y una política cultural.

[1] Augé, Marc. Los Espacios del Futuro. Edición 50° Aniversario del Diario Clarín. 1.995.
[2] Touraine, Alain. Argentina en el Tercer Milenio. Ed. Planeta. 1.997